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Prestad atención, señores,
a lo que voy a contar
de un caso que ha sucedido
en la Boca del Camellar.

En la Sierra de la Huerta
próximamente al Puntal,
se siente una cosa rara
que da mucho que pensar.

Esteban fue con su padre
para cortar unos palos
y sintieron los graznidos
de un enorme bicharraco.

Esteban dice a su padre:
“Digo que siento bramidos”.
Y su padre dijo entonces:
“Será un toro del Campillo”.

Siguieron su operación,
sonó un enorme berrido
y Jacinto dijo entonces:
“Está en el risco metido”.

Empiezan a quitar piedras
para enterarse mejor
y tuvieron que dejarlo,
que la lluvia lo impidió.

Esteban dice a su padre:
“Debemos de descubrirlo,
que debe ser una fiera
y de matarla es preciso.

Y si salimos con bien,
un premio nos ganaremos
y nos pondrán en la historia
como valientes guerreros”.

El día doce de marzo
fue cuando se descubrió
este bicho que rugía
como si fuera un león.

Luego que vino Jacinto,
a los vecinos llamó
y cuando estuvieron juntos
el caso les explicó.

Y para que vieran todos
que era palabra formal,
les dijo: “Ahí está mi Esteban,
se lo podéis preguntar”.

Esteban les dice a todos:
“Podéis creerlo, que es verdad,
que en el risco de los Lobos
lo he sentido de bramar.

Y si es que no tenéis miedo,
mañana ya se verá;
pero hay que ir prevenidos
por lo que pueda tronar”.

Este jadea como un perro
y berrera como un toro
y tiene su madriguera
en el risco de los Lobos.

Del día trece de marzo,
en el año treinta y tres,
estos pobres aldeanos
memorias han de tener.

Este día por la mañana
fueron todos preparados,
muy provistos de herramientas
a matar el bicharraco.

Timoteo lleva un cuchillo
y Benigno una escopeta,
la Francisca una arma blanca,
que es antigua bayoneta.

Primero va Timoteo,
luego le sigue Jacinto
y a retaguardia Benigno
caballero en un borrico.

Detrás siguen las mujeres
que subían aceleradas,
y con ellas el minero
que iba echando muchas plantas.

Para animarlas a estas
ha improvisado un cantar:

“Por el risco de los Lobos
ya no se puede pasar,
que debajo hay una fiera
que se siente de bramar”.

Al tiempo que esto cantaba,
salió un ratón de un vivar,
y del susto que les dio
se les fue el punto de atrás.

El guarda del Casarejo
a la Andrea preguntó:
“¿Qué es lo que pasa allí arriba
que es tan grande la reunión?”.

Esta contestó llorando:
“Van en busca de una fiera
que ayer tarde la sintieron
de bramar en esa sierra”.

A San Antonio rezaba
y una vela le ofrecía
si es que mataban al bicho
y nada les ocurría.

Timoteo les dice a todos:
“Aquí se ve la cabeza”.
Y empiezan a trabajar
con más miedo que vergüenza.

Jacinto ha cogido el hacha
y Benigno la escopeta
y la Francisca echó mano
a su sable-bayoneta.

Todos se asoman al risco,
dicen que es un culebrón,
y contestó Timoteo:
“Lo que veo es un ratón”.

Timoteo pegó un salto,
todos se quedan mirando
y ha sacado un caracol
que había debajo un canto.

Se hartaron de trabajar,
pero no encuentran la fiera
y en cá la Luisa encontraron
una media borrachera.

Prestad atención, señores,
os lo pido por favor,
que voy a contar a ustedes
la gente que se juntó.

Empezaré por los hombres,
que estos fueron los primeros:
Jacinto, Esteban, Benigno,
el Minero y Timoteo.

Y luego siguió Candelas,
Gertrudes también subió
y detrás fue Casimiro,
que iba bañado en sudor.

Ahora siguen las mujeres:
las primeras que subieron
fueron Francisca y la Luisa,
que tenían poco miedo.

Luego subió Victoriana,
la Paca la acompañó
y también iba con ellas
la Francisca de León.

Luego siguió la Estefanía
y con ella la Dionisia,
y estaban muy fatigadas
porque fueron muy deprisa.

Cuando llegó la tía Paca,
se quedó muy repará
y dijo: “Matar al bicho
que bajo del risco está”.

Y la Luisa la contesta
un poquito incomodada:
“Si queréis matar al bicho,
hartarlos de limonada”.

Entre hombres y mujeres,
sin contar a los muchachos,
se juntaron treinta y seis
a matar al bicharraco.

Con la acción del alcohol,
una media borrachera,
era muy buena ocasión
para buscar una fiera.

Después de mucho cavar
y de quitar muchos cantos,
lo tuvieron que dejar
porque iban todos borrachos.

Ya se despide el autor
en tan apurado trance,
y ahora les pide perdón
en esta primera parte.


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Virgen de la Soledad,
prestadme acierto y auxilio
para poder explicar
la muerte que tuvo el bicho.

El día de San José
lo buscan por vez segunda;
estos iban preparados
con una yunta de mulas.

Isabelo dijo a todos:
“Dejad la yunta encerrada,
no vaya a salir la fiera
y tengáis que abandonarla.

Ahora vamos muy despacio,
descalzos, sin meter ruido;
así podremos pillar
al bicharraco dormido”.

La Francisca de Jacinto,
desde su puerta sentada,
vio de ir un grupo de gente,
al parecer bien armada.

Esteban y Timoteo
fueron los que conocieron
al señor Juan y al tío Tuerto,
a Emiliano y a Isabelo.

Se sentaron junto al risco
hasta las tres de la tarde
a ver si es que divisaban
aquella fiera tan grande.

Se cansaron de esperar
y a su casa se marcharon;
y a otro día le dieron cuenta
al herrero Feliciano.

Y como ya les he dicho,
a Feliciano dan cuenta,
y él se prestó voluntario
con todas sus herramientas.

El tío Tuerto y Feliciano
ya quedaron convenidos
que también iría con ellos
la Enemesia de Gabino.

Con la Enemesia trataron
el día que iban a ir,
y esta acordó de aplazarlo
hasta el día siete de abril.

Y el tío Tuerto la contesta:
“No lo podemos dejar,
no vaya a ser un tesoro
y lo vayan a sacar”.

Dice el Tuerto: “Si es tesoro,
tendremos mucho dinero;
si es una moza encantada,
la caso con mi Isabelo”.

El día siete de abril
fue la gente preparada
con escopetas y palos
y herramientas a la fragua.

Ya que llegaron al risco,
empezaron los trabajos;
unos sujetan las cuñas
y otros dan los martillazos.

Ya tiran las herramientas,
todas casi destrozadas,
y tuvieron que marcharse
en ver que nada encontraban.

Después se echaron las cuentas
y entre todos convinieron
de juntarse el veintiséis
para atacarle un barreno.

Se juntaron este día
y el barreno prepararon,
y antes de llegar al risco
ven salir al bicharraco.

La fiera, al verlos reunidos,
salió huyendo hacia la Raña
y se ha encontrado a un pastor
que salía de su cabaña.

Este pastor, que era Cano,
asustado se quedó,
y fue corriendo a su casa
y a su padre le llamó.

Se preparan los vecinos
de escopetas y cananas
bien provistas de cartuchos,
de perdigones y balas.

Se bajan para la Raña,
y apenas la divisaron
junto al camino a Porzuna
empezaron los disparos.

A las seis de la mañana
el fogueo comenzó
y se terminó a las doce
por falta de munición.

Estos hombres indignados
por faltar la munición,
empezaron a juntarse
en un grande pelotón.

Pero los de la derecha
dijeron: “Venir aquí,
que se ha entrado en esta mata
y no se ha visto salir”.

Y Alejandro el de la Abdona,
fiándose de su valor,
la recibió cuerpo a cuerpo
y de un palo la mató.

Todos saltan de contentos
al verla muerta en el suelo,
y le aplauden a Alejandro
como valiente guerrero.

Luego llegó Juan Tarrán
para coronar la fiesta,
y este pudo declarar
que era una rata careta.

Me es imposible contar
la gente que se juntó
para matar una rata,
según Juan manifestó.

Ya se acabaron los sustos
que el bicharraco causó;
premiaremos a Alejandro
por su destreza y valor.

Ya me despido, lectores,
con la muerte de la rata,
y dispensarme, señores,
si es que he metido la pata.

Yo me llamo Timoteo,
por apellido García;
como autor de este romance
os echo la despedida.